|
Contigo Pan y Cebolla (Manuel
Eduardo de Gorostiza)
Anterior (16)
DON EDUARDO. Y en bebiendo luego un buen vaso de agua....
DOÑA MATILDE. Así tendremos también más lugar para hablar de nuestras
cosas.
DON EDUARDO. Para establecer desde luego nuestro método de vida.
DOÑA MATILDE. Y el empleo de las horas del día. Ea, pues, venga mi
onza, y sentémonos.
DON EDUARDO. Tómala, y sentémonos ... ¿en qué piensas?
DOÑA MATILDE. En nada ... en que papá estará ahora desayunándose, y....
DON EDUARDO. También nosotros ... más frugalmente ... pero....
DOÑA MATILDE. ¡Oh! lo que es por eso ... en estando a tu lado ... y la
ventaja de no tener criados que nos murmuren, ni sibaritas que nos
importunen con sus visitas....
DON EDUARDO. ¿Qué habíamos de tener?
DOÑA MATILDE. Disfrutando en cambio de independencia y de
tranquilidad.
DON EDUARDO. Por supuesto.
DOÑA MATILDE. Y esto de vivir tranquilos, Eduardo, esto de que nadie
venga a desencantarnos con su odiosa presencia en uno de aquellos
momentos deliciosos.
DON EDUARDO. ¡Calla! ¿Llamaron?
DOÑA MATILDE. Creo que sí.
DON EDUARDO. Habla bajo.
DOÑA MATILDE. Pero que....
DON EDUARDO. Más bajo.
DOÑA MATILDE. ¿Quieres que abra?
DON EDUARDO. No, no ... pero ve de puntillas, y mira si por la rendija
puedes atisbar quién es.
DOÑA MATILDE. Voy ... es un viejecito barrigoncito, con calzones de
pana y medias rayadas.
DON EDUARDO. ¡Él es!
DOÑA MATILDE. ¿Quién dices?
DON EDUARDO. El diablo.
DOÑA MATILDE. ¡Jesús mil veces!
DON EDUARDO. O el casero, que es lo mismo ... ¿dónde me esconderé?
DOÑA MATILDE. ¡Esconderte!
DON EDUARDO. Allí ... debajo de la cama ... y tú abre luego, y dile que
he salido muy temprano, y que no volveré hasta la noche.
DOÑA MATILDE. Eduardo....
DON EDUARDO. Abre ya ... antes que nos rompa la puerta. (Al meterse
debajo de la cama)
DOÑA MATILDE. Pero, Eduardo, no entiendo....
DON EDUARDO. Abre, abre. (Se mete enteramente)
DOÑA MATILDE. ¡Dios mío! ¿Qué querrá decir esto?
ESCENA II
EL CASERO Y DICHOS
CASERO. ¡Vaya, y qué dormida estaba usted!
DOÑA MATILDE. No señor, sino que....
CASERO. ¿Y el Sr. D. Eduardo?
DOÑA MATILDE. Acaba de salir....
CASERO. ¡Calle! ¡Y me había prometido que me pagaría por la mañana el
mes adelantado!
DOÑA MATILDE. Es que....
CASERO. ¡Mal principio ... muy malo, a fe mía! ¿Y cuando estará de
vuelta?
DOÑA MATILDE. Me dijo que volvería al anochecer y que luego....
CASERO. ¡Al anochecer!... Salir en un día de tornaboda a las ocho de
la mañana y no volver hasta el anochecer, dígole a usted que no me da
buena espina.
DOÑA MATILDE. Puede que vuelva más pronto, y....
CASERO. Pues no crea que a mí me ha de traer como a un zarandillo ... y
lo que son los trastos no valen ni treinta reales.
DOÑA MATILDE. Caballero, mi marido es incapaz de....
CASERO. ¡De pagar a su casero, eh?
DOÑA MATILDE. No digo eso, sino que aunque somos pobres somos personas
de honor, y que....
CASERO. Sí, sí, personas de honor sin dinero ... eso es lo que yo me
temía ... y ésos son los peores inquilinos.
DOÑA MATILDE (aparte). ¡Qué insolencia!
CASERO. Pero repito que no se juega conmigo ... dígaselo usted así, y
que si esta noche no me baja los tres duros, mañana pongo a ustedes en
la calle con todos sus cachivaches....
ESCENA III
DOÑA MATILDE Y DON EDUARDO
DOÑA MATILDE. ¿Tratar de ese modo a una señora?
DON EDUARDO. ¡Matilde! ¿Se fué ya? (Asomando la cabeza)
DOÑA MATILDE. Ya se fué.
DON EDUARDO. Pues entonces prosigue aquello que decías (Saliendo de
debajo de la cama), de que era gran cosa el poder vivir tranquilos y
sin que nadie....
DOÑA MATILDE. Sí, buena es la tranquilidad que vamos disfrutando por
cierto.
DON EDUARDO. ¡Toma, ya te desanimas!
DOÑA MATILDE. No, pero sí extraño cómo has tenido paciencia para oír
tanta grosería.
DON EDUARDO. En efecto, merecía el gran vinagre que le hubiera tirado
los tres duros a la cabeza.
DOÑA MATILDE. Y ¿por qué no lo has hecho?
DON EDUARDO. En primer lugar porque no tenía los tres duros.
DOÑA MATILDE. Podías haberle castigado de otro modo.
DON EDUARDO. No, hija, que para castigar con dignidad a un acreedor
que se insolenta hay siempre que empezar por pagarle.
DOÑA MATILDE. ¡Siempre!
DON EDUARDO. ¿No ves que si no, se puede creer que uno ha querido
zafarse a un mismo tiempo del acreedor y de la deuda?
ESCENA IV
LA VECINA Y DICHOS
VECINA. Buenos días, vecinita ... ¿qué tal se ha dormido?.... ¿Oyeron
ustedes los truenos a eso de las cuatro?... La encajera que vive en la
guardilla dice que ha caído un rayo en Santa Bárbara ... pero yo no lo
creo ... porque basta que la encajera diga una cosa para que yo no la
crea....
DOÑA MATILDE. Nosotros no hemos oído....
VECINA. Ya lo supongo ... ¿qué habían ustedes de oír?... si es una
grandísima embustera ... muy tonta y muy presumida ... sin que yo sepa
en qué se funda ... porque al cabo, ¿qué ha sido antes de casarse?
¿doncella en casa de un consejero? Y bien, también yo he sido
doncella, si vamos a eso ... en casa de un covachuelista ... y un
consejero y un covachuelo allá se van ... los dos tienen usía ... conque
diga usted, vecina, ¿acabó usted con mi candelero?
DOÑA MATILDE. Sí, señora, aquí está ... y muchas gracias....
VECINA. Jesús, señora, no hay de qué ... entre vecinas y amigas hoy por
ti, mañana por mí ... ¡y nosotras que vamos a ser tan amigas!... como
que vivimos en el mismo piso ... porque aquí en esta casa, como en
todas, con el vecino de al lado es con quien se trata ... y nadie
quiere bajarse ... ni subir escaleras ... muy bien hecho ... cada oveja
con su pareja ... la marquesa con el canónigo en el piso principal ...
en el segundo, el abogado con el comerciante ... en el tercero, el
agente de negocios con la viuda del coronel ... así en los demás
pisos ... por eso también nadie trata con la encajera ... verdad es que
no hay más guardilla que la suya ... y luego ya le dije a usted que es
muy necia y muy vana.... Pero voyme corriendo, que dejé la sartén a
Siguiente (18)
Contigo pan y cebolla: Inicio |
|