Sabina
Con
luces de bohemia
De visita en Buenos Aires, el cantautor
español anticipó a La Nación su
nuevo disco, "19 días y 500 noches",
que aparecerá el 13 del mes próximo.
Joaquín Sabina no se separa de su vaso de
whisky, su tabaco y su chica. Tiene cincuenta años,
pero está un poco cansado de que lo confundan
con una caricatura de sí mismo.
El
español es así todos los días.
Su rutina es vivir de noche. "No es nada diferente
de alguien que se levanta temprano. La gente tiene
la fantasía de que porque me gusta la noche
más que el día me voy de p... por ahí
y me la paso en los bares. Pero en el ultimo año
y medio lo único que hice fue estar 20 horas
por día escribiendo canciones", dice el
cantautor.
De
esa abstinencia callejera y muchas colillas muertas
nació ese nuevo manual de supervivencia de
perdedores y apasionados antihéroes llamado
"19 días y 500 noches", que saldrá
el 13 de septiembre. Un disco y un manojo de catorce
temas que le ayudaron a sobrevivir durante sus madrugadas
solitarias, como un buen on the rocks. "No sé
si le servirán a la gente. Pero desde luego
que me sirven a mí. Estar hacia el fin del
milenio y tener tan poca esperanza como se puede tener,
apenas se mira para afuera o uno se mira adentro,
y, sin embargo, tener una absurda pasión de
escribir canciones durante 20 días, eso me
salva a mí".
Ahora
tiene que sufrir el calvario de las notas periodísticas,
pero el músico se lo toma con buen humor. En
48 horas tiene que hacer infinidad de reportajes.
En el poco tiempo que tiene acaricia dulcemente su
codiciada guitarra Ramírez, que el cubano Pablo
Milanés, que vive dos pisos abajo de su departamento
en Madrid pidió que se la regale, y boceta
una exquisita canción de amor. "Lo único
que espero es poder terminar con todo lo que no tiene
que ver con mi oficio y pasarme todo el año
subido tres días a la semana a un escenario,
y si es posible llorar ahí arriba. Quién
puede estar sin escenario, si es un lugar donde entras
y te aplauden".
La
razón está en sus discos, en su personal
estilo, en su personaje noctámbulo que parece
una sombra que lo acompaña a todos lados y
que dice lo que piensa. Al principio peca de humilde.
Luego se retracta y dispara: "Me escucha gente
excesivamente joven; me temo que los de su edad no
le están contando cosas que a ellos les importan.
Entonces tienen que recurrir al abuelo que fue a la
guerra de Cuba o a la tía que era prostituta.
Salvo honrísimas excepciones. Creo que Alejandro
Sanz lo esta haciendo muy bien, Pedro Guerra es un
cantante espléndido, Jorge Drexler me parece
un lujo y Javier Ribal esta confinado a los bares.
Ellos son los mejores y son veinte años más
jóvenes que yo, pero sus canciones no son veinte
años más jóvenes que las mías,
aunque son buenísimas. Pero no hay una generación
que venga proponiendo un lenguaje nuevo".
El
compositor enumera una lista de lugares comunes que
le endilgan y cuenta: "Si la gente se pusiera
a pensar en serio que un cantante saca 13 canciones
cada dos años, nos llamarían vagos,
con mucha razón, porque si es como ellos dicen,
que uno está en un bar toda la noche y salen
las letras así, pues yo hubiera escrito cien
canciones en el último año, cosa que
no he hecho".
En la intimidad
Sabina
tiene que salir disparado a uno de los tantos programas
de TV. Se lleva a su chica, su vaso y sus cigarros.
Cuando se sube a la combi, tiene una pausa en la rutina,
abre un libro de poemas de Luis Goytisolo y lee uno
en voz alta. Después canta "Los ladrones",
de Raúl González Tuñón,
con su tono aguardentoso y exclama: "Esto es
un tango, jo...", y mueve alegre su cuerpo de
espantapájaros en la butaca.
Todo
el ambiente se mimetiza con la sombra del cantante.
La noche renegrida y las calles oscuras son como los
vidrios de la camioneta que los transporta, los lentes
que lleva puestos y la chaqueta de cuero. Sabina recuerda
repentinamente a Borges. El malevaje y el tango se
le aparecen y comenta: "¿Cuál es
la diferencia entre dos poetas que amo, como Tuñón
y Borges? Uno era de la calle y de resistencia. Borges
no conoció la calle, pero era un señor
exquisito que escribía de mundos que no conoció,
como los malevos del barrio. Afortunadamente, tengo
para leerlos a los dos, y me gusta la poesía
exquisita y me gustan el tango y los bares de madrugada.
¿Por qué no puedo usarlo todo en mis
canciones?"
En
el cóctel poético de Sabina se filtran
músicas que encajan a la perfección
con su mundo desencajado. "La ranchera es el
blues en español. Sobre todo después
de conocer a Chavela Vargas, Tenampa, la plaza Garibaldi
y después de oír a José Alfredo
Jiménez. Eso sí me sale con una tremenda
naturalidad, porque si te sientes abandonado, solo
o triste no hay estructura mejor para llorar como
la ranchera", dice primero.
Pero
ese puente, esa ruta conocida de ida y vuelta que
trazó sobre el Atlántico, es lo que
más hondo está calando en su presente
sonoro. "Este disco es tango y quizás
es el más argentino en el sentido de que están
temas como "Dieguitos y Mafaldas", aunque
no hay ningún tango clásico, porque
me hubiera parecido algo oportunista grabar algo.
Pero el tango se me metió hace tiempo, de conocer
la ciudad, puesto que cualquiera que tenga un oficio
trata de enterarse un poco de quiénes son sus
maestros en eso que se llama la poética urbana,
creo que Discépolo y Manzi son insuperables.
Además, en mi casa me la paso cantando tangos
como "Mano a Mano"", cuenta.
Su
memoria le recuerda las noches de ronda, cuando deja
de ser un hombre común para transformarse en
un minucioso observador de la calle. "Me acuerdo
de madrugadas inolvidables en el Bar del Chino, de
Pompeya, y en la plaza Garibaldi, de México.
Ahí me encontré con tipos de traje y
corbata abandonados por sus novias. Yo he visto a
uno cantando por la cabina telefónica con los
mariachis detrás para declarar su amor."
Posiblemente
algún noctámbulo anónimo alumbró
algunas de sus canciones, tanto como la poesía
de Juan Gelman ("durante una noche estremecedora
en Mallorca") al que le dedica en el ultimo disco
la canción "De purísima y oro".
O Joan Manuel Serrat, de quien dice : "Es el
único faro de pie que aguantó cuarenta
años de pie en un país donde se mata
a la gente cada generación para que vengan
otras. Pues el Nano lleva ahí resistiendo como
un señor y muy elegantemente".
-Muchos
han dado mucho por un verso. ¿Cuánto
daría usted?
-Todo.
En eso soy como Borges. No llevo nada encima, pero
puedo ir ahora mismo a atracar un banco, puedes violar
a mi novia, lo que quieras, por un verso todo. Pero
también he sido capaz de guardarme una canción
que me parecía hermosa por dos años
para no herir a nadie. Bueno, a lo mejor no doy todo
por un verso, sino todo por un beso.
Sabina
escribe una autobiografía paródica para
exorcizar recuerdos dolorosos, días salvajes
y de juerga y temporadas para olvidar. Arriesga una
definición de sus canciones: "Por tradición
y cultura, son más hermosas las canciones de
abandono. Tal vez porque la felicidad no necesite
maquillaje y el abandono sí. Por eso, José
Alfredo Jiménez o Discépolo escribieron
esos monumentos, para que los desgraciados se sintieran
mejor y más acompañados, y eso, para
mí, es religioso".
Luego
dice que se parece a sus letras y que no hay trampas.
Ahora todo es honestidad brutal: canta la verdad y
nada más que la verdad. Mientras se confiesa,
mira de reojo alrededor de sí. Cerca tiene
el retrato gigante de su cara, con los lentes oscuros
y fumando un cigarrillo, como en una película
en blanco y negro. El Sabina de carne y hueso es igual.
Vuelve
a pedir su guitarra, mira a su chica y el whisky vuelve
a girar en su vaso. Será el ultimo decreto
de la noche, que recién empieza: "No admito
mentir. Aunque siempre pensé que las mentiras
eran un bello arte, he desarrollado en el último
tiempo la pasión por la verdad. Para las canciones
me ha venido bien. En el disco me quejo de unas chicas
que me han dejado de verdad. ¿Qué pasa
ahora? ¿Las canciones están bien porque
se nota ese cimiento auténtico? Pienso que
sí. Pero, ¡ca...!, si no me hubieran
dejado, a lo mejor yo sería más feliz".
Diario La Nación (Arg)
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